Thursday, October 26, 2006

Mi tío: de joya del arte a abrurrimiento joyaES LA FELICIDAD, TÍO...
Una enfermedad indeterminada en mi más remota niñez me invalidó por mucho tiempo para la vida común que desarrollan todos los chicos.
“Ingirió leche en mal estado”, “fue un tema intestinal, poco conocido allá por los cuarenta”, “estuvo al borde de la muerte, muy deshidratado”, “su sistema digestivo quedó muy resentido por mucho tiempo”. Me cuesta algo de dolor recordar todas las frases que he escuchado al respecto.
Mi padre se fue a pie a Luján para que no me muriera. Mi madre reforzó una sobreprotección que sólo le complicó su depresión, sus obsesiones y fobias. Mi hermana me cuenta que nunca vio ponerle a un chiquito tantas inyecciones, según afirma la serie se repetía cada tres horas. Siempre supe que experimentaron conmigo el reciente invento de la Penicilina, a la que se le atribuían dones mágicos como para poder sacarme del riesgo mortal.
La cosa parece que funcionó, ¿no? No morí, ni mucho menos. Pero aquella primera infancia debe haber sido algo difícil. No tengo muchos recuerdos de antes de los cinco años, pero presumo que fue complicado. Entre las brumas recojo las dificultades sobre la piel: horribles afecciones (sarpullidos los llamaba mi madre) que se combatían con embadurnes de ungüentos muy olorosos y pegajosos, y molestas vendas que cubrían piernas y brazos. También los problemas de alimentación: sólo me permitían desayunarme con mate cocido con “Yogalmina”, una leche horrible de Kasdorf, que venía en polvo y que se deshacía dejando grumos intragables. Hasta mi adolescencia que tuve que sobrellevar una dieta muy estricta, sin lácteos ni chocolates ni grasas ni nada.
Recuerdo la sensación de “ser distinto” que no me abandonaba nunca y que me era significativa siempre. No debía agitarme, ni correr, ni descuidarme, ni comer lo que se me antojara. Un bicho raro.
Demás está decir que, para la crueldad de mis congéneres, aquello era un estigma terrible. Apenas si me dejaban integrarme los vecinos del barrio, tal vez estimulados por sus padres, quienes les explicaban lo que pasaba conmigo, pero aquello no fue igual en el colegio: nunca me entendieron, nunca me integré.
Ayer leí en el diario una nota sobre el síndrome aquel que provocaban las hamburguesas ¿se acuerdan? (síndrome urémico hemolítico), que afecta en especial a chicos de menos de cinco años. Es muy probable que lo mío haya sido algo emparentado a tal dolencia, sólo que lo tuve ¡sesenta años antes de que los médicos se preocuparan por él!
El shock tuvo su impacto en mi forma de ser, y me hizo desarrollar un mundo interior algo distinto al de los chicos en los que el juego físico representa un alto porcentaje de su desarrollo. La imposibilidad de una vida plena para un chico lo retrae como forma de vida, lo vuelca a otros temas. Y uno de mis preferidos fue la lectura, las historietas, el mundo del cine, de la música, de la radio. Y la explosión vino a mis trece años, cuando unas vecinas debieron reducir su biblioteca y me regalaron todos sus libros, que en mi casa no abundaban. Aquel obsequio encerraba un mundo arbitrario y especial, con autores impensados como Jardiel Poncela, o las versiones dudosas de clásicos en manos de la Editorial Tor. Recuerdo cuando abrí Las mil y una noches, y no podía dejar de leerla hasta quedar dormido. Con ese vapuleo, la escuela solía parecerme cada día más estúpida, y las cansadas docentes que trataban de “educarme” un dechado de autoritarismo inconvincente y ocultista.
Mi biblioteca, de cero creció, en cantidad de textos, a 200, o tal vez un poco más. Lo que carecía de biblioteca los había acumulado en un rincón de la casa, contra la pared, al lado de mi cama, un acceso bastante cómodo para la lectura antes de dormirme.
Fue por entonces que descubrí que el lugar que yo le daba al cine (entretenerme, asustarme o divertirme) podía conectarse con todas esas otras sensaciones nuevas que encontraba en los libros. Es decir un vínculo más íntimo, más humano, más natural. Era la época del “cine artístico” o cine-arte a secas, toda una tendencia que por entonces se imponía a partir de la obra de autores en todo el mundo: de Robert Bresson a Torre Nilsson, de Antonionni a Cassavettes, de Fellini a Tati, de Bergman a Kurosawa.
Un cine en general reprobado con cortes, prohibiciones o demoras por la moral oficial, casi siempre en manos militares o ultracatólicas, o ambas asociadas. Hasta que cumplí dieciocho años hacía de todo para parecer de más edad y poder entrar al cine: vestirme como muy mayor o dejarme barbita en época de vacaciones. Las fórmulas funcionaban en los cines de barrio, pero se volvían dificultosos en lugares donde a la censura le interesaba que se cumplieran sus designios.
Entre mis 14 y 17 vi todo el cine que pude y me dejaron los adultos que controlaban las salas. También me metí con el teatro, pero siempre me molestó el tema de la “actuación”, ese falso estado ampuloso basado en actores que hacen el “como sí”, siguiendo fórmulas más o menos racionales o naturalistas...
Todo este introito es para contarles en qué estado de beatitud cinéfila ví dos films en sus salas de estreno: “Mi tío” de Jacques Tati en 1958 y “La Felicidad” de Agnes Varda en 1965.
Ambas han permanecido bastante intactas en mi cerebro, por el alto impacto que causaron: la primera como una lectura irónica del futuro en manos de los poderosos, la otra por el canto estético definido en medio de las limitaciones de la moral convencional. Luego de verlas las incluí en forma casi inevitable a mis discursos, me complací en citarlas como ejemplos durante casi cincuenta años.
¿Y todo para qué?
El sábado pasado, movido por la fiebre reeditadora del dvd y el divx, volví a ver por enésima vez a ambas y ya lejos de la última visión. Por lo menos treinta años.
Jacques Tati me había divertido mucho en mis primeras incursiones al cine adulto con “Las vacaciones del señor Hulot”, una divertida y extravagante película de un personaje muy particular, Hulot, que tenía una visión irónica de la realidad que lo diferenciaba del resto de sus congéneres.
Pero cuando estrenaron “Mi tío” toda la crítica argentina salió a bendecirla, y a recomendarla. El marketing externo –no tan habitual por entonces- salió a promover su banda de sonido y a difundir aquel film –sin desnudos ni invocaciones que obsesionaban a los moralista- entre los niños. Yo tenía 14 años y no sólo ví el film sino que compré el disco con aquella musiquita dulzona, pegadiza y muy francesa.
Me deslumbraba todo en la película: la descripción del ambiente “modernoso” y aséptico, la relación del pibe y su tío, la conducta de aquel tío desvinculado de un mundo futurista. Tati fue desde entonces para mí un ídolo intocable.
¿Qué quedó de aquella visión? Lamentablemente nada.
Mi tío (Mon oncle, Francia, 1958) es un film presuntuoso y monocorde, de factura casi casera y parroquial. La música es inaguantable y trata de suplir la falta de diálogos. El supuesto mensaje que defiende lo artesanal contra lo industrial, lo natural frente a lo artificial se queda en eso y no se sabe para qué. La defensa de utopías, tan del cine desde Eisenstein, queda en eso... La crítica al sistema da aquí apenas un fruto más.
¿Resultado? Me dormí. Me dio un poco de lástima matar así un recuerdo. Es cierto que yo cambié, pero tambien es cierto que el cine por ser electrónico encierra un secreto que tal vez no tengan las otras artes: resiste bastante poco al paso del tiempo.
Tal supuesta verdad volvió a repetirse con el film de Varda, un antecedente estético del cine de Almodovar: paredes de colores detonantes, actores siempre vestidos en conjuntos sincrónicos de tonos, el concepto de felicidad (al fin y al cabo leit motiv del propio film) está remarcado hasta el cansancio...
Es una película rara pero naif. Un cine que debe se veía como algo angustiante para mitad del siglo XX pero que hoy no dice ya casi nada.
La banda de sonido como preocupación enfermiza, la fotografía llevada hasta niveles obsesivos, la perfección en cada toma, en cada detalle (los que hacen de hijos son hijos reales del actor, la fotografía fue hecha en un sistema carísimo de filmación, las escenas varían porque varía también el fotógrafo, siempre hay flores en floreros o en el campo, la naturaleza exhuberante es bien de jardín botánico). Todo el film es un complejo juego de ironías en la cual la felicidad cuando se acumula deja de serlo.
Creo que el cine (o mejor dicho el cúmulo de recursos audiovisuales para la expresión de un artista) ha cambiado y hoy es otra cosa. Y bastante mejor de lo que fue.
En síntesis: sirvió para cuestionarme años y años de Lorraine, Loire, Lorange, Lorca, Arte y Cosmos, que eran los cines a los que uno estaba obligado a ir para ver aquella cadena de cine arte que “se debía ir a ver”.
Una época en la cual ni sospechaba siquiera que podría llegar a escribir esto.

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